A veces, en septiembre,
recuerdo que estoy hecha de migas,
azafrán, ajo, gallinas
y olor a tierra roja.


Ducharme en una casa de pueblo,
con la ventana abierta.
El agua templada cae por mi piel
caldeada por el sol de la ventana,
refrescada por la brisa
que ha atravesado los nogales,
la higuera
y los lirios del patios de mis abuelos.


Sólo oigo el coro de pájaros
gorjeos, silbidos, graznidos, 
arrullos y cloqueos.


Se mezcla el olor del sol,
con el del jabón,
con el del ajo y la bodega.
Huele a ácido y al polvo
de haber cortado barbas llenas
de tierra,
y si respiro profundamente,
saboreo el sofrito que llega de la cocina.


Decido que voy a jugar
con mis primos.
Qué tiempos aquellos
donde el reloj lo marcaban
mis sentidos e instintos.