Los motivos por los dejé Facebook o el proceso para dejar una adicción

Hace 3 meses que lo dejé. Reconozco que él puso todo de su parte para que lo nuestro funcionara (o eso pensaba él), pero los dos habíamos cambiado demasiado desde que nuestra relación comenzó y lo cierto es que llegó un momento en el que entendí que teníamos intereses diferentes…

Fuera el tono novelesco, lo cierto es que dejé Facebook hace más de 3 meses, y lo que quisiera contar son dos cosas: mis motivos y el proceso.

Mis motivos

No sé si hablar en plural o decir que el motivo fue: la ansiedad provocada por la falta de tiempo, que gastaba en ver muros de personas que no me aportaban nada, porque un algoritmo así lo había decidido. Mejor los desgrano.

La ansiedad

El año pasado me encontré, en no pocas ocasiones con una presión en la garganta y con palpitaciones y taquicardias que me anulaban.

Dejé el café y el nudo en la garganta desapareció, pero aún así seguía teniendo la mente llena de cosas, sobrecargada. Y este estrés no sólo repercutía en la mente, sino también en lo físico: dolor de cabeza, de barriga, de espalda y bruxismo.

Me analizaba: tenía a mis habituales empresa, niños, familia y clases, unidos al día a día, a las notificaciones de las apps, las interrupciones, las preocupaciones y las tareas que iban surgiendo. Completamente “infoxicada”, pasaba de una tarea a otra, sin tiempo para nada. Y descubrí que gran parte de ese tiempo “para nada”, para cargar pilas, lo llenaba muy a menudo con un rápido vistazo a Facebook. Miraba incluso Facebook a la vez que hacía otras cosas.

No he venido a decir que la ansiedad me la provocaba Facebook. Como tampoco he venido a descubrir que el uso inadecuado de la tecnología o una adicción genera ansiedad, pero debido a esa ansiedad y para ganar en salud, decidí que debía gestionar mejor mi tiempo…

El tiempo

O debería decir la falta de él. Vivía lamentándome constantemente por mi falta de tiempo para hacer deporte o tocar el piano o dedicarle más tiempo a los niños. Y, sin embargo, me descubría abriendo Facebook en el ordenador, en el móvil, constantemente, por cualquier motivo, en cualquier tiempo muerto, o no, porque sí. Me despertaba, miraba el Facebook. Me ponía un café, miraba el Facebook. Me tomaba el café, miraba el Facebook. Y así.

Sin ningún motivo, le “regalaba” a Facebook minutos y minutos durante todo el día. Todo el rato. No buscaba nada. Sólo lo abría y “disfrutaba” del scroll infinito que Facebook me proporcionaba. Todo para ver las mismas actualizaciones de alguno de mis contactos. Facebook los llama amigos, pero no, son contactos que, además, están ordenados como quiere Facebook, lo cual me lleva al siguiente motivo…

Cultivar las relaciones importantes

¿Cuántas relaciones somos capaces de mantener? Según el antropólogo Robin Dunbar, 150. Pero no todas las relaciones son del mismo tipo, sino que siguen el siguiente esquema.

Entonces… si así funciona mi red de amigos… ¿Por qué narices Facebook me muestra el perfil de esta persona a la que hace 20 años que no veo? ¡Es una persona que incluso está más allá del círculo de “Conocidos”! Seguro que ocupa el puesto 256 si ordeno mis “amigos” según Dunbar….

Me cuestionaba: ¿tiene sentido mantener una relación “facebookiana” con alguien simplemente por no perder el contacto? ¿qué me aporta?

Como si fuera un Diógenes de las relaciones de Facebook, no quería “cortar” las relaciones con gente a la que conocía (aunque fuera de lejos) por pena a perder esa parte de mí. Mantenía las relaciones por inercia, no por iniciativa propia. Y entonces me dije: voy a educar el algoritmo para que me muestre lo que yo quiero, que yo de algoritmos sé…

El algoritmo

Pues no funcionó. Empecé a hacer unfollows (que no unfriend, por esa pena a “perder” relaciones) a diestro y siniestro. Pero el algoritmo no lo entendía muy bien. Si le decía al algoritmo que no quería ver las publicaciones de la persona que ocupaba, por ejemplo, el lugar 256 de mi lista de contactos segn Dunbar, Facebook la sustituía por la persona 255… y luego por la 287… y por la 209… no llegaba a ver información de personas que estaban en mi círculo más cercano. No conseguía hacérselo entender a Facebook.

A lo mejor es que tengo “demasiados” “amigos”, pensaba yo. O, a lo mejor podría crearme una cuenta desde cero para no darle opciones al algoritmo… pensaba muchas cosas.

Un par de meses educando al algoritmo no me sirvieron de nada. Y al final, me fui convenciendo de que aunque seguro que parte de la información que Facebook tenía para mí podía interesarme, lo cierto es que no me interesaba el modo en el que me la enseñaba. Y seguirle el juego al algoritmo era francamente aburrido.

¿Puede un algoritmo hacer que pierdas el interés por la información que hay detrás? Puede. Ya escribiré algo más en detalle sobre lo que pienso del uso de la Inteligencia Artificial para modelar el comportamiento de los muros de Facebook, Twitter y otras redes sociales. Pero ahora, otro motivo…

Alimentar mi ego

Venga, lo que me muestra Facebook no me interesa, pero oye, me gusta recibir likes en cada acción que realizo… ¿o no? También de eso van las redes sociales. Así que empecé a plantearme los motivos que me llevaban a publicar contenido y por un lado me encontraba lanzando preguntas para buscar respuestas y por otro me encontré una imagen de mí que no quería alimentar.

Y empecé a dejar de publicar. Y empecé a mandar las cosas que quería enseñar, a la gente a la que se la quería enseñar, por Whatsapp. Eso me proporcionaba una conversación más privada y menos banal, que me gustaba más.


La construcción de esta lista de motivos no fue de la noche a la mañana, sino que fue más bien un proceso. Un proceso en el que, de alguna forma, me enseñé a dejar Facebook.

El proceso

Me ocurrió algo parecido a cuando dejé de fumar hace más de 10 años. Lo había intentado varias veces antes, y había vuelto. Lo dejaba y volvía, lo dejaba y volvía. Hasta un día. El día en el que me convencí, me creí de verdad, que no necesitaba el tabaco y que era perjudicial para mí. Recuerdo la sensación de decir “hasta aquí” y saber que era verdad.

También tuve una relación de esas que ahora llaman tóxica. Todo el mundo a mi alrededor veía que no era una relación sana. Y yo iba y venía, durante años. Lo mismo, hasta que “lo 

Y es que esas tres cosas, en mayor o menor medida y con más o menos perjuicios, no dejaban de ser una adicción. Y me he dado cuenta de que el proceso en los tres casos ha sido el mismo. No puedo evitar ver similitudes en mí, en mi proceso de autoconvencimiento para dejar una adicción, y he tenido que reflejarlo en un gráfico.

Empezando por el principio:

  1. Empezar a darle vueltas. Un día, una idea empieza a rondarte la cabeza y comienzas a darte cuenta de que lo que estás haciendo no es bueno para ti y empiezas a darle vueltas a los beneficios que conseguirías si lo dejaras. Comienzas a construir la lista de motivos.
  2. Reconocer el problema “desde fuera” de la adicción. Esa fase de empezar a darle vueltas crece, y “desde fuera” (es decir, cuando no estás delante del Facebook), reconoces que tienes un problema que resolver, algo que no te gusta. Claro que cuando llega el momento de volver a Facebook, al tabaco o a lo que sea que estés enganchado, se te olvida. Hasta que…
  3. Entras en la fase que he llamado de “autoconvencimiento cuántico” (oye, a mí me ha resultado gracioso el concepto). Una fase de dejar la adicción y volver a recaer. Una fase diseñada para el rey de los masocas, donde los sentimientos de culpa y del quiero y no puedo están por todas partes. Yo lo llamaría dejarlo mientras continúas jodiéndote. Y en esta fase, se entra en un ciclo donde…
  • Reconoces el problema “desde dentro”, y cuando estás visitando perfiles de la gente en Facebook, piensas en los motivos que tienes para dejarlo, y mientras, comienzas a darte cuenta de que no tiene sentido lo que estás haciendo, y entonces…
  • Te planteas un “minireto” (consciente o inconscientemente), porque no tienes el valor para dejarlo de verdad. Un ejemplo de minireto: desinstalarse la app de Facebook en el móvil porque te lo pones difícil para no picar. Otro minireto: no comprar tabaco. Probablemente superarás ese minireto, y lo cumplirás, pero…
  • No será la solución, porque recaerás (ahora accedes desde la web, ahora pides tabaco, … que sé yo) y te encontrarás como al principio, adicto, pero poniéndotelo difícil.

O casi, porque tras mucho darle vueltas a la rueda, un día… ese día… de alguna forma sabes que es la última vez. No porque te hayas planteado una fecha para dejarlo, no porque ese día tengas una mayor fuerza de voluntad, sino porque sabes que ese día es el día. Ese proceso de miniretos y recaídas ha servido para convencerte realmente. Y ese día, te vas para tu adicción y le dices, adiós muy buenas.


Las fases del cambio de Prochaska y Diclemente

Antes de publicar esto he hablado con una Doctora en Psicología para preguntarle si no había nada que documentase el proceso de autoconvencimiento para dejar una adicción. Me ha hecho mucha ilusión su respuesta: “es la típica pregunta de oposición. Lo documentaron Prochaska y Diclemente hace ya bastantes años y precisamente decían que las recaídas forman parte del proceso de cambio“. Aquí el artículo de estos señores: https://www.mededworld.org/getattachment/Webinars/GAME/Prochaska-JO,-DiClemente-CC,-Norcross-JC-(1992),-In-Search-of-How-People-Change.pdf.

También me ha dicho que en el Plan Nacional de Drogas actual (ahora se llama de adicciones), se incluye el uso de la tecnología y su uso compulsivo. Cuidadito con eso…

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